FUJIAN - La historia china "habla" a través de los tulou

FUJIAN - La historia china "habla" a través de los tulou

Han pasado siete años pero el recuerdo de mi viaje en el Fujian sigue vivo.

Teníamos tres días para descubrir un rincón de China cerca de Hong Kong - donde en ese momento vivía con mi familia - y pocas expectativas. Después de una hora de vuelo aterrizamos en Fujian, y más precisamente en el interior de esta región llena de verdes colinas e inmensas plantaciones de té y frutas.

Nuestra aventura partió de Xiamen, una ciudad de cuatro millones de habitantes, donde nuestra guía Annie nos recogió en uno de los muchos hoteles reservados a través de internet.

Después de un viaje de dos horas llegamos a una parte del territorio de Fujian para visitar los tulou, las antiguas casas circulares construidas, a partir del siglo XIII, con tierra batida, arroz glutinoso y madera: verdaderas fortalezas que defendían a las poblaciones locales de posibles invasiones, por bandidos, y también por la ferocidad de los animales salvajes.

Xiamen © Xiquinho Silva

Descubrimos que hay tres mil tulou (literalmente 'casas de tierra') en esta remota zona del campo chino, y que de no haber sido por la curiosidad de dos pilotos estadounidenses nadie hubiera sabido nunca de su existencia. De hecho, en los años ochenta fueron ellos quienes las descubrieron, confundiéndolas con construcciones militares.

En cambio aprendemos que hay una historia detrás de esas casas, hay vida y, sobre todo, hay comunidad. La Unesco, en 2008, reconoció cuarenta y seis tulou como Patrimonio de la Humanidad, poniendo en marcha un plan de protección y de conservación de los mismos.

Incluso hoy, los visitadores se dan cuenta de que el tiempo se ha detenido. En muchos de estos edificios no hay agua caliente, no hay neveras, televisores, ordenadores, coches, lavadoras ni los productos tecnológicos que llenan nuestras casas.

Hablamos con los vecinos y sabemos que los alimentos se conservan de forma natural secando carnes y verduras al aire libre. Se crían los animales y se cocina todos juntos, esperando que regresen a casa los hombres que han ido a trabajar en los campos.

Dentro del tulou hay cientos de casas (comparables a los pequeños apartamentos de hoy) bien concebidas en términos de funcionalidad. De hecho, desde la planta baja se accede directamente a una especie de cocina para llegar, a través de una escalera, al primer piso, donde se encuentran los dormitorios. En el segundo piso hay una habitación- despensa donde se almacenan alimentos y se guardan objetos útiles para la vida cotidiana (canastas, ropa, herramientas para el campo). Se ha calculado que en los tulou podrían vivir hasta seiscientas personas: son auténticos pueblos.

Al visitar estos lugares, observando a quienes viven allí, pensé que una vida así es definitivamente atractiva: no hay estrés, se come sano, hay espacio para el silencio, la paz y los colores de la tierra. Pero luego me dije a mí misma que nunca sería capaz de cambiar mi estilo de vida. Soy hija de la modernidad, el ruido, la tecnología, la independencia; y me encanta el progreso.

El descubrimiento de esta realidad, que no conocía, me sorprendió, quizás porque cuando hablamos de China inmediatamente pensamos en la rápida expansión económica que ha logrado a lo largo de los años y que la ha convertida en una de las primeras potencias del mundo, un País en el que el comunismo y el capitalismo conviven casi a la perfección, y en consecuencia la tradición antigua convive con la modernidad.

Antes de volver a Xiamen, en el último tulou que visitamos, pudimos charlar con uno de los habitantes gracias a la traducción de nuestro guía. Todavía recuerdo que estábamos cerca de la entrada principal del edificio y los rayos del sol coloreaban este momento tan especial como por arte de magia.

En compañía de un vecino, nos encontramos con un señor esbelto, de baja estatura, con el rostro alisado por el viento y de melena negra cubierta por un sombrero que parecía una especie de gorro de piel. Tenía unos 80 años. Se interesó por nosotros y nos preguntó qué nos impulsó a visitar su pueblo. En realidad, nos interesaba él, su naturalidad y la belleza de los lugares que le rodeaban.

Nos dijo que jamás abandonaría su realidad, pero que era feliz de ver gente nueva para mostrarle la vida que llevaba con su familia.

Nos quedamos de pie sonriéndonos el uno al otro, utilizando ese lenguaje que no necesita voz y que supo transmitirnos lo bonito de ese encuentro. En ese momento se dijeron pocas palabras, pero la curiosidad y la sensación de alegría lo llenaba todo, ya que sabemos que la diversidad nos une y nos hace mejores.

Cada cierto tiempo revivo ese episodio gracias a las fotografías que tomamos, que nos recuerdan la felicidad de mi hija Matilde por conocer gente nueva, por abrazar a los niños y sonreír a los ancianos que la miraban detenidamente analizando su rostro con rasgos occidentales.

Me gusta mantener vivos estos recuerdos de viaje y contárselos a Matilde, que en ese momento solo tenía cuatro años y que siempre nos ha seguido a mi esposo y a mí en nuestros viajes con el objetivo de descubrir China y sus maravillas, y los muchos otros países asiáticos que visitamos.

Sabemos que le hemos transmitido algo precioso: una pasión infinita, que continúa gracias a los nuevos proyectos de viaje que tenemos y que esperamos alimente siempre su insaciable curiosidad y convertirla en una auténtica ciudadana del mundo.

Portada: Tulou en el Fujian
Imagen © Atosan

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