VERITY – Cuando la verdad depende de quién la cuenta

VERITY – Cuando la verdad depende de quién la cuenta

Si hay algo que disfruto casi tanto como una buena lectura, es esa sensación de desconcierto que provoca un giro argumental inesperado. Ese instante en el que todas nuestras certezas se desmoronan y nos vemos obligados a reconsiderar cuanto creíamos saber sobre una historia y sus protagonistas.

Verity, la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Colleen Hoover, dirigida por Michael Showalter (The Idea of You) y protagonizada por Anne Hathaway, Dakota Johnson y Josh Hartnett, nos introduce precisamente en ese universo donde las apariencias engañan, los secretos se multiplican y la verdad parece cambiar según quién la cuente.

La historia gira en torno a Lowen, una escritora que acepta completar la exitosa serie literaria de Verity Crawford, una autora incapacitada tras sufrir un grave accidente. Para familiarizarse con su trabajo, se instala en la residencia familiar, donde conoce a Jeremy, el marido de Verity, y descubre un inquietante manuscrito autobiográfico que parece revelar los episodios más oscuros de la vida de la escritora.

A partir de ese momento, nada es lo que parece.

Del papel a la pantalla: lo que se pierde en la adaptación

Algunos espectadores han encontrado similitudes entre Verity y The Housemaid, de Freida McFadden: una casa aparentemente perfecta, una esposa rodeada de misterio, un marido encantador y una joven que llega para alterar el frágil equilibrio familiar. Sin embargo, reducir Verity a un triángulo amoroso sería pasar por alto aquello que convierte la novela de Hoover en una historia particularmente perturbadora: su capacidad para hacernos dudar constantemente de lo que leemos.

Mientras que el libro juega con la percepción de Lowen y nos arrastra hacia un terreno donde resulta cada vez más difícil distinguir entre realidad, imaginación y manipulación, la película apuesta por una narración más directa, simplificando algunos conflictos y eliminando detalles que contribuían a la complejidad psicológica del relato original.

Uno de los cambios más significativos es la reducción del número de hijos de Verity y Jeremy Crawford. En la novela, la pareja tiene tres: Crew y las gemelas Chastin y Harper. La adaptación, en cambio, prescinde de Chastin, cuya existencia resulta especialmente relevante para uno de los episodios más inquietantes del manuscrito.

La niña nace con una cicatriz en la mejilla que, según la explicación médica, se debe a tejido fibroso. Sin embargo, el relato de Verity plantea una posibilidad mucho más siniestra: ¿y si aquella marca estuviera relacionada con el intento de aborto que describe en sus páginas?

No se trata únicamente de un detalle argumental. Es precisamente esa imposibilidad de comprobar lo ocurrido lo que alimenta la incertidumbre del lector y convierte cada nueva revelación en una pieza más de un rompecabezas que nunca termina de encajar.

Algo similar sucede con Lowen. En la novela, su sonambulismo añade una dimensión especialmente inquietante a la historia. Despertarse desorientada en los pasillos de la mansión, sin recordar cómo ha llegado hasta allí, la convierte en una narradora cuya percepción tampoco podemos considerar completamente fiable.

Al prescindir de este elemento, la película pierde parte de esa tensión psicológica que nos llevaba a cuestionar no solo las intenciones de los demás personajes, sino también la interpretación de los acontecimientos por parte de la propia protagonista.

Quizá estas decisiones respondan al deseo de construir una historia más accesible para el público cinematográfico. Sin embargo, también reducen algunos de los matices más perversos e incómodos que caracterizan la novela.

Ni héroes ni villanos: el verdadero juego de Verity

Más allá de las diferencias entre el libro y la película, lo verdaderamente fascinante de Verity es su capacidad para desmontar la clásica división entre personajes buenos y malos.

Aquí nadie es completamente inocente. Y, sobre todo, nadie parece poseer toda la verdad.

Jeremy se presenta inicialmente como un marido atento, un padre marcado por la tragedia y un hombre que intenta reconstruir su vida en circunstancias devastadoras. Sin embargo, sus actos revelan una violencia extrema que acaba por destruir esa imagen aparentemente ejemplar.

Lowen, por su parte, parece actuar movida por el deseo de descubrir la verdad y proteger a quienes considera víctimas. Pero ¿hasta qué punto sus decisiones responden a una preocupación genuina? Su intromisión en la intimidad de la familia y su creciente implicación sentimental con un hombre casado plantean interrogantes sobre esa supuesta superioridad moral desde la que observa y juzga a los demás.

Y en el centro de todo está Verity.

¿Es realmente la mujer monstruosa que describe el manuscrito? ¿O una víctima desesperada que finge encontrarse en estado vegetativo para protegerse de su marido y escapar con su hijo?

La carta final introduce una explicación alternativa que parece cambiar por completo nuestra percepción de los hechos. Pero, después de todo lo ocurrido, ¿por qué deberíamos creerla?

Si el manuscrito puede ser una ficción, la carta también podría serlo. Si Verity ha sido capaz de manipular a quienes la rodean, ¿qué nos garantiza que su última confesión no sea otra forma de controlar la historia?

Y ahí reside, a mi parecer, el aspecto más interesante de la obra: la verdad no depende únicamente de lo que sucede, sino también de quién lo cuenta y de nuestra disposición a creerlo.

Un reparto al servicio del misterio

La elección del reparto constituye uno de los atractivos de la adaptación. Anne Hathaway parece especialmente adecuada para interpretar a una mujer cuya identidad se construye sobre el misterio, la manipulación y la ambigüedad. Su personaje exige transmitir mucho más de lo que las palabras revelan, jugando constantemente con la percepción del espectador.

Dakota Johnson aporta a Lowen la vulnerabilidad y la inquietud necesarias para acompañarnos en el descubrimiento de los secretos de la mansión, mientras que Josh Hartnett encarna a Jeremy, un hombre cuyo aparente encanto esconde contradicciones cada vez más perturbadoras.

Sin embargo, incluso con un reparto atractivo, la película se enfrenta a una dificultad inevitable: trasladar al lenguaje cinematográfico una historia cuya fuerza reside, en gran medida, en los pensamientos, las sospechas y las contradicciones internas de sus protagonistas.

Y es precisamente en esa transición donde parte de la complejidad del libro corre el riesgo de perderse.

La verdad, una cuestión de perspectiva

Al terminar Verity, tanto en el papel como en la pantalla, queda una sensación incómoda: la de no saber realmente a quién creer.

¿Es Lowen una mujer que intenta hacer lo correcto o alguien que utiliza las circunstancias para justificar sus propios deseos? ¿Es Jeremy una víctima de la tragedia o un hombre capaz de ejercer una violencia imperdonable? ¿Y Verity? ¿Una madre monstruosa, una escritora que llevó demasiado lejos su imaginación o una mujer dispuesta a cualquier cosa para sobrevivir?

Tal vez no exista una respuesta definitiva. Y quizá tampoco sea necesario encontrarla.

Porque las historias más inquietantes no siempre son aquellas que nos revelan quién es el culpable, sino las que consiguen hacernos desconfiar de nuestras propias conclusiones.

Verity deja abiertos numerosos interrogantes y demuestra que los relatos sobre las zonas más oscuras de la mente humana siguen conservando intacta su capacidad de fascinarnos.

Al final, la pregunta más perturbadora no es quién está mintiendo, sino a quién estamos dispuestos a creer.

CLAUDIO BAGLIONI - Un viaje entre la música, la memoria y el futuro

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