ANNA - La verdad emocional en la película de Monica Guerritore
He tenido el privilegio de asistir en exclusiva, en el Instituto Italiano de Cultura de Madrid, a la proyección de Anna, la película escrita, dirigida e interpretada por Monica Guerritore, dedicada a Anna Magnani. No fue solo ver una película: fue un regreso, un tránsito, una herida que se reabre y al mismo tiempo se reconcilia. Porque Anna Magnani, para quien es romana como yo, no es sólo una gran actriz. Es una lengua materna. Es una forma de estar en el mundo. Es Roma que respira.
Al ver Anna, sentí de inmediato que Guerritore no buscaba un monumento ni la imitación. Buscaba el alma. Y el alma de Anna Magnani no es domesticable. Es áspera, apasionada, contradictoria, profundamente verdadera. Como Roma. Como ciertas mujeres que no piden permiso, que aman hasta hacerse daño, que nunca separan el arte de la vida. Guerritore elige un camino arriesgado y necesario: no reconstruye a Magnani, la atraviesa. La deja que suceda.
La película gira en torno a una noche simbólica, la espera del Oscar, pero en realidad narra toda una existencia interior. No hay celebración fácil, ni nostalgia complaciente. Se siente el peso del cuerpo, de la soledad, del éxito que no consuela, del amor que hiere. Está la maternidad marcada por el dolor, está la relación desgarradora con Rossellini, está una mujer que pagó el precio de su propia autenticidad. Todo esto emerge con pudor e intensidad, sin traicionar nunca la verdad emocional.
Como romana que ha vivido los lugares de Anna Magnani – las calles, los teatros, esa luz que sólo Roma sabe tener cuando es cruel y magnífica a la vez – sentí que la película hablaba también de mí. Porque Roma no es sólo una ciudad: es una pertenencia que no se rompe ni siquiera cuando la dejas. Yo la abandoné por elección de vida, pero nunca la he perdido. Es una presencia constante, a veces dolorosa, a veces salvadora. Y es el mismo sentimiento que reconocí en Anna: ese vínculo visceral con un lugar que te moldea y nunca te deja ir de verdad.
Monica Guerritore, en su doble papel de directora e intérprete, realiza un acto de gran honestidad artística. No pide al espectador que crea en la ilusión, sino que entre en un diálogo emocional. Su Anna no siempre es fuerte, no siempre es simpática, no siempre es heroica. Es frágil, cansada, rabiosa, tierna. Es humana. Y precisamente por eso, profundamente moderna. En un tiempo que a menudo domestica las figuras femeninas, Anna devuelve la complejidad sin filtros.
La dirección es esencial, concentrada en los rostros, los silencios, los vacíos. Roma nunca es una postal: es memoria, es eco, es cuerpo. Y esto me impactó profundamente. Porque es la Roma que conozco, la que te acompaña desde dentro y te sigue a dondequiera que vayas. La Roma que echas de menos cuando ya no la vives todos los días, pero que sigue hablándote en la voz, en los gestos, en la forma de sentir.
Anna es una película que no solo se mira: se siente. Es una obra que habla de identidad, de raíces, de sacrificio, de pertenencia. Habla del precio que se paga al elegir ser fiel a uno mismo. Y quizás, por eso, habla también a quienes - como yo - han elegido partir sin dejar de amar nunca el lugar del que provienen.
Noches como esta no celebran sólo el cine: custodian una memoria colectiva y la entregan al presente. Porque Anna Magnani, como Roma, no pertenece al pasado. Vive. Y seguirá viviendo en quienes todavía saben reconocer la fuerza de la verdad.
En la portada: un fotograma extraído de la película “Anna”.
Material audiovisual por cortesía de la oficina de prensa.

