EL DIABLO VISTE A LA MODA 2 - El lujo de resistir

EL DIABLO VISTE A LA MODA 2 - El lujo de resistir

Después de veinte años desde su primera entrega y con una extraordinaria recaudación de más de 433 millones de dólares hasta la fecha, El Diablo Viste a la Moda 2 se ha convertido en un fenómeno mundial en menos de dos semanas desde su estreno, el 30 de abril.

Así como la primera película fue una oda al esfuerzo y a las exigencias del ascenso profesional, esta segunda entrega puede entenderse como una radiografía de la supervivencia en la cima. Ya conocíamos la inteligencia y la capacidad de Andy Sachs (Anne Hathaway), y la cinta comienza con una Andy consagrada, a punto de recibir un prestigioso premio por su labor periodística. Pero —porque sin conflicto no hay cine— esa gloria resulta efímera: en pleno acto de reconocimiento, ella y todo su equipo son despedidos mediante un simple mensaje de texto.

Sin embargo, el destino tiene otros planes. Mientras Andy queda desempleada, Runway atraviesa su momento más oscuro: un escándalo mediático salpica directamente a Miranda Priestly (Meryl Streep). Ante la crisis, el CEO de la empresa toma una decisión desesperada: contratar a Andy Sachs. No como asistente, sino como la pieza clave para devolverle a la revista el prestigio que alguna vez tuvo y que ahora pende de un hilo.

La trama despega precisamente allí. Cuando parece que la historia vuelve a comenzar y Andy llega ingenuamente feliz para trabajar junto a Miranda —quien ni siquiera sabía que la habían contratado—, ambas se ven obligadas a colaborar codo a codo por el bien de Runway, les guste o no.

Al principio, Miranda parece conservar la misma frialdad y dureza de siempre. Sin embargo, pronto descubrimos a una señora Priestly más contenida: colgando sus propios abrigos, mordiéndose la lengua para no decir ciertas cosas que quizá hace veinte años eran aceptables y hasta aceptando compartir un café y mantener reuniones en un territorio completamente inexplorado para ella: la cafetería. Resulta fascinante descubrir este costado más humano de Miranda, especialmente gracias a Stuart (Kenneth Branagh), quien inesperadamente funciona como el ancla emocional de una mujer que creíamos inquebrantable.

Este nuevo escenario también introduce un reparto de lujo y varias incorporaciones que revitalizan la pantalla: Justin Theroux interpreta al nuevo —y algo cuestionable— interés amoroso de Andy; Lucy Liu deslumbra como una supermodelo prácticamente inaccesible para los medios; y Simone Ashley (Bridgerton) aporta una frescura mordaz al papel de Amari, la nueva “Emily” bajo las órdenes de Miranda.

Además de estas nuevas incorporaciones, la evolución de los personajes está desarrollada con enorme delicadeza. Aunque Andy, por momentos, vuelve a comportarse como la novata de hace veinte años cada vez que se encuentra frente a Miranda, la película nos conduce hacia una versión mucho más segura y casi al mismo nivel que su jefa. Nigel (Stanley Tucci) tampoco se queda atrás —¡por fin!— cuando Miranda le cede el honor de inaugurar la Semana de la Moda de Milán con un discurso que él mismo había escrito para ella. Ese instante marca también el comienzo de un reconocimiento más profundo hacia su talento. Por su parte, Emily Blunt nos regala una nueva versión de Emily: el sarcasmo sigue intacto, pero ahora está acompañado de una seguridad que solo los años en las trincheras de la moda pueden otorgar.

Llama la atención la ausencia de figuras clave como Nate o del círculo íntimo de Andy, apenas mencionado a lo largo de la película —solo vemos fugazmente a una amiga suya—. Además, el nuevo novio de nuestra periodista favorita resulta poco relevante para la trama. Aun así, uno de los mayores aciertos del film es mostrar el inicio definitivo de la amistad entre Emily y Andy, pese a sus constantes conflictos de intereses, así como confirmar que Nigel y Andy continúan siendo cómplices capaces de apoyarse mutuamente en un ambiente donde reina la ley de la selva.

La película también desarrolla una subtrama especialmente interesante: “calidad versus viralidad”. La crisis de Runway no nace únicamente del escándalo inicial ni de una falta de talento; el verdadero problema es que el mundo cambió y las reglas del juego son otras. Mientras la editora de Runway podía pasar una semana entera analizando fotografías o editando un único artículo, hoy el público vive sometido al estímulo constante y al scrolling infinito. La inmediatez se convirtió en la norma y los anunciantes prefieren invertir en publicidad de Instagram antes que en una editorial tradicional.

Resulta conmovedor observar cómo Runway, después de décadas definiendo qué debía considerarse arte y qué no, comienza a quedar relegada frente a las nuevas tendencias. Y es precisamente entonces cuando recurren a Andy como una voz fresca para la revista. Curiosamente, nuestra antigua novata se siente tan perdida como Miranda, reflejando la incertidumbre que la industria sufrió —y continúa sufriendo— ante el consumo instantáneo y la fugacidad extrema de las tendencias. Sin embargo, Andy termina comprendiendo, no sin horror, que el cambio es inevitable si realmente desean sobrevivir y recuperar el lugar que alguna vez ocuparon.

Todo este entramado de ambición y nostalgia está acompañado por una banda sonora prodigiosa. Si en 2006 Madonna nos hacía desfilar por las calles de Nueva York, esta vez la selección musical apuesta por una mezcla ecléctica y vibrante. Lady Gaga aparece por partida doble: dentro de la película —interpretándose a sí misma— y como parte del soundtrack, donde junto a Doechii presenta el sencillo “Runway”, que ya supera los quince millones de reproducciones en YouTube. Durante cuarenta y cuatro minutos, el álbum recorre desde himnos pop irresistibles hasta baladas melancólicas como Glamorous Life, una elección particularmente acertada por parte de los productores, ya que funciona como contrapunto emocional de la historia.

Y ahora sí, lo mejor: sería imperdonable no hablar de la estética visual. La película permanece fiel a sus raíces, pero incorpora una madurez cromática fascinante. Andy aparece mucho más sofisticada; su estilo ejecutivo es menos rígido que el de sus compañeras y logra esa difícil combinación entre lujo y funcionalidad propia de una periodista. Emily, en cambio, continúa abrazando la extravagancia con colores vibrantes y texturas de altísima calidad que transmiten seguridad en cada paso. Nigel sigue siendo el eterno dandi y el ancla estética de la película gracias a su impecable sastrería. Y Miranda continúa siendo la prueba viviente de que el poder crea sus propias tendencias: glamorosa, elegante e imponente como siempre. Quizá el saco cubierto de pequeños flecos multicolores no haya sido una de las mejores elecciones del vestuario, pero sus conjuntos, paletas y accesorios siguen siendo, con diferencia, los más magistrales de todo el elenco.

En definitiva, El Diablo Viste a la Moda 2 no intenta recrear el pasado, sino rendirle homenaje mientras avanza en medio de un presente caótico. ¿Era necesaria una secuela? Tal vez no —el final de la primera película había sido bastante concluyente—, pero quizá esta era la excusa perfecta para utilizar un ícono global del cine como vehículo de crítica hacia una sociedad que valora más la viralidad instantánea que la calidad de una obra. Después de todo, la moda y la elegancia son una cuestión de actitud, no de clics.

Se abren nuevas amistades y se cierran viejos ciclos, pero el verdadero lujo de la película es ver a Miranda y Andy reconocerse finalmente como iguales, como un verdadero equipo, en un mundo que intentó borrarlas del mapa y no lo consiguió.

¿Mi recomendación? Prepárense un buen café —no de la cafetería, por respeto a Miranda— y déjense llevar por dos horas de moda, humor, emoción y un agudo análisis social.

LAS ALQUIMISTAS - Cuando la materia cobra vida

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