IKEBANA - Composiciones sin tiempo
El ikebana, el arte japonés de disponer flores, ramas, tallos y hojas en jarrones, encarna de la mejor manera los conceptos de wabi-sabi y mono no aware, creando armonía entre líneas, colores y espacios.
El wabi-sabi (侘び寂び), que une wabi (“menos es más”) y sabi (“melancolía atenta”), celebra la impermanencia, la incompletitud y la imperfección. El mono no aware (物の哀れ), literalmente “la emoción o el pathos de las cosas”, representa la apreciación estética de la transitoriedad. Con sus composiciones elegantes pero efímeras, el ikebana —literalmente “componer las flores y darles vida”— suscita una sensación de belleza impregnada de una dulce melancolía por aquello destinado a desvanecerse, utilizando pocos elementos: flores, ramas y hojas.
En Japón, sin embargo, la belleza nunca es solo estética: encierra una profunda filosofía de vida. El ikebana es un arte meditativo en el que cada elemento —dimensiones, posición, combinaciones de colores y materiales del jarrón o del cuenco— posee un significado preciso y contribuye a transmitir armonía. Crear un ikebana requiere reflexión, calma y conexión con la naturaleza y sus estaciones: un verdadero acto de mindfulness, por usar un término moderno.
Concebido inicialmente en el siglo VI d.C. como una ofrenda religiosa budista y acto de devoción, e introducido en Japón a través de China y Corea, el ikebana evolucionó durante el período Muromachi (1333–1573) hasta convertirse en una forma de arte altamente estética, al asumir una estructura más definida e integrar el uso expresivo de las hojas además de las flores.
Fascinada por esta forma de arte durante mi larga estancia en Asia, y siempre deseosa de profundizar en los conceptos filosóficos orientales, asistí recientemente al evento “Armonías sin tiempo – El Ikebana entre tradición y contemporaneidad”, celebrado en el MUDEC de Milán y organizado por el Garden Club Milano. En la exposición y demostración, dirigida por el Gran Maestro Satoshi Hirota de la Escuela Ohara, se utilizaron valiosos jarrones de la colección japonesa del museo (entre ellos, algunos de los períodos Meiji y Edo). El evento celebró el 40.º aniversario del Garden Club Milano y los diez años de su colaboración con el MUDEC.
La Escuela Ohara, fundada a finales del siglo XIX por Unshin Ohara, se distingue por su diálogo con Occidente en comparación con el ikebana tradicional. Su estilo moribana, caracterizado por composiciones paisajísticas en recipientes anchos y poco profundos, refleja esta apertura. Entre las obras creadas por el Maestro Hirota, me impresionó especialmente la composición paisajística: una gran rama con bayas rojas emergía de un tronco retorcido, rodeado de helechos, hojas y otras bayas, evocando un rincón de bosque. A su lado, un recipiente bajo representaba un estanque, con dos lirios que brotaban de una vegetación densa, simbolizando la flora de las orillas y creando un microcosmos natural. Esta composición pertenecía al estilo bunjin (bunjinga: 文人畫, “pintura de los intelectuales”), una forma de arreglo floral japonés inspirada en el espíritu artístico de los literatos chinos —eruditos, poetas y artistas— de los siglos XVII y XVIII, que daba especial relevancia al vínculo con la naturaleza.
Otra composición memorable unía dos ramas de orquídea, palma areca, vainas, hojas de magnolia y ramas con pequeños granados, en un jarrón de latón con asas en forma de dragón. Los colores —verde, rosa, amarillo y naranja— se entrelazaban con gracia.
Igualmente sorprendente fue la composición en un jarrón verde de cerámica, de forma cuadrada e irregular, con hiedra, caquis y hojas de palma en abanico de un blanco puro que, aunque parecían de papel, habían sido “blanqueadas” mediante una técnica especial. El efecto era etéreo, casi trascendental.
Entre las demás obras —una de ellas con hortensias, forsitias y ramas que sobresalían lateralmente del jarrón, creando un sentido de flujo dinámico—, la última fue de gran impacto: imponente, dispuesta en dos altos y elaborados jarrones de bronce en los que el Maestro colocó ramas de pino, bayas rojas, proteas amarillas y rosadas, y un elemento auspicioso formado por una caña de bambú de la que colgaban finísimos hilos de papel plateado y dorado, típicos de ciertas celebraciones japonesas. La poderosa elegancia de esta obra cautivó al público.
El Gran Maestro Hirota, con más de treinta años de experiencia, creó estas composiciones con una naturalidad casi mágica, como si estuviera guiado por una inspiración espiritual, sin llegar siquiera a tocar los jarrones. A la salida del auditorio, otro espacio expositivo del MUDEC se había enriquecido con sus creaciones para “Japan Days – Esperando la nieve”, completando esta experiencia inmersiva.
Durante “Armonías sin tiempo” sentí como si me transportara al silencio de una tea house japonesa, dentro de un jardín ordenado y rodeada de una belleza simple pero profundamente cuidada. El ikebana nos recuerda que todo es transitorio, pero la conexión con la naturaleza permanece eterna y memorable.
茶の花に / あたたかき日の / しまひかな
Una flor de té: los días cálidos llegan a su fin.
— Takahama Kyoshi (1874–1959)
Para más información sobre ikebana, eventos y cursos relacionados, visiten el sitio web del Garden Club Milano. Allí podrán descubrir también la historia de la asociación, fundada en los años sesenta por Jenny Banti Pereira, pionera en la difusión del ikebana en Europa y en Italia.

